Según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), citado por la periodista C. Amanda Osuna, quien escribe sobre salud en Infobae España: «más de 60 millones de personas sufren de demencia a nivel mundial. Para enfrentar este problema de salud pública, la prevención es clave. Se estima que hasta un 45% de los casos de demencia podrían evitarse reduciendo la exposición a 14 factores de riesgo modificables, muchos de los cuales están relacionados con el estilo de vida. Estos incluyen la obesidad, la falta de ejercicio, el tabaquismo y otros comportamientos que comienzan a manifestarse desde la adolescencia y persisten a lo largo de la vida adulta».
Si bien las estrategias actuales de prevención suelen centrarse en la mediana edad, las investigaciones emergentes sugieren que los esfuerzos podrían ser más efectivos si se inician mucho antes.
La infancia, una etapa crucial
Desde la perspectiva del desarrollo humano, los primeros años de vida juegan un papel crucial en la configuración del riesgo de demencia en la edad adulta, y más tarde en la vida. Por ejemplo, estudios longitudinales indican que la obesidad, la hipertensión arterial y otros factores de riesgo que contribuyen a la demencia pueden establecerse firmemente durante la adolescencia y persistir en la edad adulta. De hecho, hay evidencia creciente que sugiere que las bases de la demencia podrían remontarse incluso a la infancia o al período prenatal. Nuestro cerebro pasa por fases críticas de desarrollo, y los efectos adversos en estas etapas tempranas podrían tener repercusiones significativas en la salud cerebral a lo largo de la vida.
Aunque la atención actual se centra en la mediana edad para intervenir contra la demencia, la evidencia apunta a la importancia crucial de abordar los factores de riesgo desde etapas mucho más tempranas de la vida.
La prevención efectiva podría requerir políticas de salud pública y estrategias educativas que comiencen desde la infancia, asegurando así un enfoque holístico y proactivo hacia la salud cerebral a lo largo de la vida. De esta manera, invertir en la salud cerebral desde una edad temprana podría no solo reducir la incidencia de demencia, sino también aliviar el peso económico y emocional que esta enfermedad impone a individuos, familias y sistemas de atención médica en todo el mundo.
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