Como recordatorio, el 31 de diciembre, tras la derrota contra Costa de Marfil en el tercer y último partido de grupo, las autoridades anunciaron la rescisión del contrato del cuerpo técnico y el cierre de la selección nacional «hasta nuevo aviso«. Una decisión presentada como el punto de partida de una renovación completa del fútbol gabonés, que es criticado regularmente por su bajo rendimiento y disfunciones estructurales.
Menos de dos semanas después, esta suspensión fue levantada, sin que se realizara ninguna comunicación oficial detallada sobre las conclusiones extraídas de ese periodo ni sobre reformas concretas que pudieran haberse emprendido. Este periodo relativamente corto plantea preguntas, dadas las ambiciones de refundación declaradas en el momento de la sanción.
En esta fase no se ha presentado ninguna evaluación pública sobre el estado prometido del fútbol nacional, ni un calendario claro para reformas o reestructuraciones. La reanudación de las actividades de la selección nacional se produce por tanto en un contexto donde aún quedan muchas zonas grises sobre la continuidad del proyecto deportivo.
Esta secuencia inevitablemente plantea preguntas sobre el método y la coherencia de la gobernanza deportiva. ¿Fue la suspensión parte de una estrategia bien pensada para lograr un cambio duradero, o una respuesta inmediata a la decepción popular causada por otra eliminación prematura?
En ausencia de elementos fácticos que evalúen los avances logrados durante estos doce días, el rápido levantamiento de la suspensión alimenta el debate sobre la capacidad de las autoridades para actuar a largo plazo. Para muchos observadores, el principal desafío sigue siendo la implementación de reformas estructurales creíbles, que son la única forma de restaurar la estabilidad y competitividad en el fútbol gabonés.
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