Durante los años 1990 a 2000, era común encontrar a los niños –y a los no tan niños– jugando al «Ndhong» en todas las aldeas del interior de la parte continental de Guinea Ecuatorial. Esta joya del entretenimiento juvenil en la comunidad fang que, entonces parecía tener como único propósito reunir a los menores en los atardeceres o bajo el embrujo de la luna llena para compartir un rato de asueto, hoy nos damos cuenta de que en realidad marcaba entre ellos un fuerte vínculo de identidad, que ahora solo toca recordarlo con nostalgia.
Acerca de este juego
El Ndhong es un juego sencillo. La obtención o fabricación de sus piezas, tradicionalmente ha sido a base de trabajar los caparazones de caracoles aprovechando el extremo cilíndrico de los mismos. Y, ante la posible dificultad de encontrar caracoles en ciertas localidades donde se tenga interés por disfrutar de este maravilloso juego, propondría como alternativa tallar trozos de madera dándolos forma de concha de caracol, pero también se podrían diseñar estas fichas con otros materiales para una producción industrial.
A pesar de no haber podido descubrir ni cómo ni dónde aparece por primera vez, nos parece mucho más interesante saber que pueden practicarlo personas de casi todas las edades, y preferentemente en grupo ya que también se puede disfrutar en solitario.
Probablemente encuentren en el país a personas que conozcan mejor, tanto la historia como las técnicas o particularidades de este juego, pero, lo que no cabe duda es que todos los jugadores deben poseer una ínfima destreza o habilidad dactilar, para poder realizar lanzamientos osados, a fin de poder rozar la máxima cantidad posible de fichas u obstáculos que se van posicionando en un espacio normalmente plano y sin más limitaciones que las admitidas para aportar cierta complejidad al juego.
Como ocurre con otros juegos, el Ndhong tiene unas reglas que deben observar todos los jugadores. Así, lo básico es respetar el trazo o el espacio delimitado para jugar. Por ejemplo: si en un lanzamiento la ficha sale del encuadre, esta partida automáticamente pasa a ser nula, cediendo el turno a otro lanzador, que puede ser del mismo equipo o del equipo contrario, ya que el orden de lanzamientos se establece generalmente antes del inicio de la sesión.
Camino hacia el ocaso
La desaparición del ndhong en el esquema de prioridades de entretenimiento de los menores de la etnia fang de Guinea Ecuatorial llega a finales de la década de los 90, aunque se empezaría a notar nítidamente durante y después del año 2000, justo cuando los televisores, los CD y DVD aparecen como un accesorio más en muchos hogares del país, y los adolescentes y jóvenes descubren su encanto. Desde entonces, los juegos digamos tradicionales como: Bëgüiñ-Balock Otong, Sorrelelelé-sorre, Muankaban-meak, incluso el famoso «papá y mamá» y otros tantos, simplemente dejaron de existir. Ahora, toda la atención se centraba en mirar y escuchar para luego interpretar las letras de artistas como Kotobass, con su famosa canción de Edita, que a pesar de estar compuesta en dingala -si mal no recuerdo-, todos acabarían interpretándola así como otras tantas.
Cuando parecía que el apego a los televisores iba a tardar menos por las dificultades del suministro eléctrico, que entonces afectaban a muchas aldeas, donde solo unos pocos tenían grupos electrógenos que tampoco podían prender a diario por economía de combustible. En cambio, unos años más tarde, ese tema se fue mejorando, pero luego aparecieron las consolas (Play Station), y antes de pasar página, se sumó el acceso a Internet o las redes sociales, que, a pesar de su elevado coste y una calidad cuestionable, ha conseguido en un primer momento, arruinar el sutil interés que todavía asomaba en los jóvenes por visitar sus aldeas al menos durante el periodo vacacional, y por supuesto, consolidando esa peligrosa desconexión con su propia identidad.
Para los pocos mayores que quedan en nuestras aldeas, este grupo de jóvenes y adolescentes les resultan casi irreconocibles. Pues, para ellos, esta generación «tiene cosas de blancos, de negros y de indias», como diría Julio Iglesias, cosa que para el hombre fang no es precisamente una buena noticia.
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