La batalla entre la infancia y la adultez: ¿Por qué algunos ecuatoguineanos abandonan sus «nombres de casa»?

Con el paso del tiempo y la llegada a la adultez, muchos ecuatoguineanos sienten la necesidad de desprenderse de su "nombre de casa", un apodo que, aunque cargado de afecto, ya no se siente acorde con su nueva etapa de vida.

La identidad de una persona está ligada a su nombre, un elemento que trasciende lo meramente nominativo y se convierte en un símbolo de pertenencia, historia y responsabilidad. En muchos hogares del país, esta relación se complica por la costumbre de asignar varios nombres a los hijos.

En las familias ecuatoguineanas, resulta común que los niños al nacer se les otorguen dos nombres: el «nombre de casa», que es familiar y cariñoso, y el nombre de pila, que se le asigna durante el bautizo en la iglesia. Este último, es el que aparece en documentos oficiales y representa la identidad pública del individuo. La coexistencia de estos dos nombres refleja una cultura abierta y receptiva, donde el vínculo emocional con el “nombre de casa” es significativo, pero también se enfrenta a la necesidad de madurar y asumir nuevas responsabilidades.

El “nombre de casa” tiene un valor sentimental profundo. Para muchos ecuatoguineanos, este apodo es un recordatorio de su infancia y de la relación con sus padres. Sin embargo, al llegar a la mayoría de edad, muchos optan por dejar atrás estos nombres infantiles. Este cambio no es solo una cuestión de preferencia personal, sino que también responde a una necesidad de ser percibidos como adultos responsables.

Juan Ndong Obiang es un claro ejemplo de esta transición. Conocido en su entorno familiar como “Pocholo”, Juan ha decidido que ya no quiere ser llamado así. «Soy el primer hijo de mis padres, y es una responsabilidad grande. Con la edad de 40 años sobre mis hombros, seguir llamándome Pocholo hace que me sienta niño», explica. Para él, el nombre que lleva debe reflejar su estatus y su papel dentro de la comunidad. En el contexto cultural, un nombre que “dé peso” es esencial para ser tomado en serio.

Influencia sociocultural

La tradición y el contexto cultural juegan un papel crucial en esta elección. Juan, perteneciente a la etnia Fang, argumenta que su nombre debe tener un significado que le otorgue respeto en espacios como el Abaha, donde se toman decisiones importantes y se resuelven conflictos familiares. “No me darán la palabra como Pocholo sino como Ndong Obiang”, afirma, subrayando la importancia de la percepción social en la elección del nombre.

Por otro lado, Alejandra Nseng, cuyo nombre de casa es “Sola”, también ha sentido la presión de despojarse de este apodo. Aunque “Sola” es un nombre que tiene un significado especial para sus padres, quienes pasaron bastante tiempo sin poder tener otros hijos, tras el nacimiento de ella, pero Alejandra siente que este apodo podría estar relacionado con su dificultad para mantener relaciones interpersonales. «El nombre te identifica y marca tu existencia», dice, revelando una creencia que muchos comparten: el poder que un nombre puede tener sobre la vida de una persona.

Otro de los que están dispuestos a dejar atrás su “nombre de casa” es Manuel Bartolomé Nguere, conocido familiarmente como “Extraño”. El hombre ha llegado a un punto en el que ya no responde a este apodo. «No contesto. Tengo 35 años y cuando me llamas así siento que me estás faltando al respeto», afirma. Este sentimiento de incomodidad resalta la batalla interna entre la tradición y la identidad personal, un conflicto que muchos ecuatoguineanos enfrentan al crecer.

A medida que las personas alcanzan la adultez, el deseo de ser reconocidos por su nombre de pila se vuelve cada vez más fuerte, simbolizando una transición hacia la responsabilidad y el respeto. En este contexto, los nombres no son solo etiquetas, sino que encapsulan la historia personal, la cultura y las expectativas sociales de quienes los llevan.

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