No son pocos los ciudadanos que asocian el uso del taxi con una supuesta falta de recursos. En una sociedad donde el valor personal se mide por el coche que se conduce, sentarse en el asiento trasero de un taxi puede parecer, para algunos, una “rebaja de estatus”. Esta mentalidad, más ligada al ego que a la realidad, ha hecho que incluso quienes podrían beneficiarse de este medio de transporte opten por recorrer la ciudad en vehículos oficiales o de lujo, aunque sea para trayectos cortos o poco prácticos.
El resultado es un círculo vicioso de prejuicio: nadie quiere “ser visto” en un taxi, porque todos temen lo que se pueda decir. Y así, perpetuamos una cultura donde la apariencia importa más que la funcionalidad, y donde la humildad se confunde con debilidad.
En realidad, usar un taxi debería considerarse un gesto de responsabilidad, no de carencia. Es una opción que ahorra tiempo, reduce el estrés del tráfico, evita gastos innecesarios en combustible y mantenimiento, y contribuye a una movilidad urbana más ordenada. En grandes capitales del mundo desde París hasta Nueva York ministros, diplomáticos y directores de empresas utilizan taxis o servicios de transporte compartido sin complejo alguno.
Lo paradójico es que, en nuestro contexto, un alto funcionario que toma un taxi por decisión personal puede ser objeto de burlas o rumores, cuando en realidad está dando un ejemplo de civismo, eficiencia y sencillez.
Tomamos como ejemplo el revuelo social que causó en las redes sociales la Ministra Delegada de Tesorería y Patrimonio del Estado, quien por decisión propia, optó por tomar un taxi como medio de transporte en una jornada laboral.
El problema no es el taxi. El problema es el peso social del “qué dirán”. Esta mentalidad, profundamente arraigada, nos aleja de la normalidad y del progreso. Reivindicar el taxi como un medio de transporte digno y moderno es también un acto de liberación cultural: aceptar que no necesitamos demostrar estatus a través del volante, sino inteligencia en nuestras decisiones cotidianas.
Viajar en taxi no te hace menos importante, te hace más práctico. El verdadero prestigio no está en aparentar riqueza, sino en demostrar conciencia y equilibrio. Ojalá llegue el día en que un alto cargo pueda bajarse de un taxi sin provocar sorpresa, porque entonces habremos entendido que la dignidad de una persona no se mide por el vehículo que la transporta, sino por los valores que la guían.
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