Las rejas metálicas se han convertido en un elemento habitual en numerosas viviendas de Guinea Ecuatorial. Su función es conocida: dificultar el acceso de los delincuentes, proteger los bienes materiales y ofrecer a las familias una mayor sensación de seguridad. Sin embargo, detrás de esa protección existe un riesgo que no siempre se tiene en cuenta: ¿qué ocurre cuando las personas que están dentro necesitan salir urgentemente y las mismas barreras que las protegen se lo impiden?
La pregunta adquiere una dimensión especialmente tras el incendio ocurrido la tarde del miércoles 21 de octubre en el barrio Semu-Salomé de Malabo, donde seis miembros de una familia perdieron la vida. Las víctimas fueron la esposa de Salvador Nsue Nguema, tres de sus hijos y dos nietos. El hombre, único superviviente de la familia, resultó herido y permanecía hospitalizado por las quemaduras.
Las primeras hipótesis apuntaron a que el fuego se habría originado por una vela encendida para iluminar la vivienda durante un corte del suministro eléctrico que afectó a gran parte de Malabo aquella noche, en un contexto de apagones que continúan registrándose en la ciudad. Según el relato recogido, las rejas instaladas en puertas y ventanas dificultaron las labores de auxilio. La ausencia de una salida secundaria también habría complicado las posibilidades de evacuación.
El caso expone una contradicción que merece atención: unas medidas instaladas para impedir que alguien entre por la fuerza pueden dificultar que los propios ocupantes salgan cuando su vida depende de hacerlo en cuestión de segundos. En un incendio, el humo, el calor y la rápida propagación de las llamas reducen el tiempo disponible para reaccionar. Si la única puerta está bloqueada por el fuego y las ventanas permanecen cerradas con rejas que no pueden abrirse desde dentro, las posibilidades de escapar pueden verse seriamente comprometidas.
Cuando la vivienda tiene una sola salida
La cuestión no se limita a las rejas. También afecta a la forma en que se diseñan y construyen algunas viviendas, especialmente las que se levantan para obtener ingresos mediante el alquiler.
En determinados inmuebles, la entrada principal constituye la única vía de acceso y salida. No se contempla una puerta posterior ni otra alternativa que permita abandonar la vivienda si el acceso principal queda inutilizado. Esta situación también se habría dado en la casa del barrio Semu-Salomé de Malabo, donde la ausencia de una puerta trasera, sumada a las rejas instaladas en puertas y ventanas, pudo dificultar las posibilidades de evacuación de sus ocupantes cuando se declaró el incendio. Esta configuración puede pasar inadvertida en condiciones normales, pero adquiere una importancia decisiva cuando se produce una emergencia y la única salida queda bloqueada por las llamas.
La tragedia de Semu-Salomé recuerda que una vivienda no solo debe estar preparada para impedir que entren los ladrones, sino también para permitir que sus ocupantes escapen ante un peligro. Porque ninguna medida de seguridad debería convertirse en una barrera entre la vida y la muerte.
