Perspectivas sobre la fe, la inclusión y la mirada cristiana

El doctor Pablo Nguema hace un análisis acerca de la inclusión y la aceptación dentro de la comunidad cristiana, promoviendo una visión de cristianismo más abierto y acogedor para todos, independientemente de la identidad u orientación sexual que podemos tener cada uno.

Hoy vi un vídeo en El País sobre un grupo de cristianos entrando en la Basílica de San Pedro, en Roma. Lo presentaban como un momento extraordinario. Al principio, confieso que estuve a punto de cambiar de canal, hasta que me llamó la atención una imagen: un cristiano levantaba una cruz con los colores del movimiento LGBTI+, seguido de dos hombres cogidos de la mano. El comentario del reportaje decía que esta inclusión había sido alentada y reconocida por el Papa Francisco, y más recientemente reafirmada bajo su pontificado.

Sin duda, como católico, aquello me impactó profundamente. Me generó cierta tensión interna ver cómo personas con apariencias que no encajan en el estándar tradicional del catolicismo fueran consideradas igualmente parte de la Iglesia. No solo porque el Papa lo autorizara, sino porque esas personas expresaban públicamente su gratitud por ser reconocidas y poder entrar en la “Casa de Dios”. Como yo, como cualquier creyente, ellos también se consideran auténticamente cristianos.

Recordé entonces que el Papa Francisco, en distintas ocasiones, ha hablado de la necesidad de una Iglesia más abierta. Ya en 2013, apenas iniciado su pontificado, sorprendió al mundo con su célebre frase: “Si una persona es gay y busca al Señor, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Posteriormente, en documentos como la exhortación Amoris Laetitia (2016) y en sus declaraciones de 2020 y 2023, ha insistido en que las personas homosexuales son hijos de Dios y no deben ser marginadas. Más recientemente, en diciembre de 2023, el Vaticano aprobó la posibilidad de bendecir a parejas del mismo sexo, siempre que no se confunda con el sacramento del matrimonio.

Ver esa noticia me provocó confusión. Por un instante, incluso una rabia instintiva. Me pregunté: ¿por qué personas como yo, o como tú, no podrían ser considerados cristianos por su condición sexual? ¿Es mi educación dentro del cristianismo lo que me lleva a percibir el mundo así?

Esa experiencia me llevó a comprender algo esencial: la necesidad de quitarnos los “vendajes” de una educación rígida o de una formación que solo nos enseña a mirar desde un ángulo. Si yo, que nací y crecí en la fe cristiana, me reconozco como tal, ¿por qué una persona homosexual no podría sentirse igualmente cristiana? Del mismo modo que yo podría ser visto como “aberrante” por defender la poligamia en otros contextos culturales, para mí la homosexualidad puede parecer una aberración. Pero ambos, desde nuestras diferencias, podríamos estar buscando lo mismo: la salvación a través de Jesucristo.

Creo que el Papa Francisco, con sus gestos y decisiones, nos invita precisamente a esto: a reconocer que la fe es más grande que nuestras etiquetas y que el Evangelio no excluye, sino que acoge. Y aunque esta apertura nos desafíe, también nos obliga a mirar más allá de lo que conocemos y a redescubrir la esencia del cristianismo: la misericordia, el amor y la fraternidad.

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