Si nos tomamos un momento de reflexión, nos daremos cuenta de que la respuesta a esa pregunta nos muestra que los recursos por sí solos no transforman un país; estos pueden generar ingresos, pero no bienestar duradero si no existen personas preparadas para gestionarlos. Qué sabias las palabras de nuestro presidente Obiang Nguema Mbasogo cuando dijo: más vale un pueblo culto (formado) que uno rico (con recursos naturales), y con eso, entendí y compartirás conmigo, que la riqueza sin formación se diluye. La formación, en cambio, convierte los recursos en progreso.
Diversificar sin haber fortalecido antes la educación suele producir estructuras frágiles y dependientes de países con gente formada, se crean sectores que necesitan apoyo externo y que generan poco aprendizaje interno. En cambio, cuando se invierte en formación, cada nuevo sector encuentra gestores, técnicos y profesionales capaces de hacerlo funcionar.
Hablar de más formación y menos diversificación no significa rechazar la diversificación, significa poner las prioridades en el orden correcto: primero formar a las personas, después ampliar la economía; porque incluso una economía diversa fracasa si no cuenta con capital humano preparado. Lo que hace que la verdadera riqueza de un país no esté solo en lo que extrae, sino en lo que sabe hacer con ello, dado que los recursos se agotan y los mercados cambian, siendo que una sociedad formada, en cambio, siempre encuentra caminos, ideas, soluciones.
Más formación y menos diversificación, no como consigna, sino como una reflexión necesaria sobre el futuro que queremos construir.
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