Las Comunidades de Vecinos, administrativamente suelen estar gestionadas por un Presidente, un Secretario y un Alguacil, quienes se encargan o deberían velar por una convivencia armoniosa en las mismas, basada en el respeto de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones de cada uno y de todos los vecinos de dicha comunidad. Su responsabilidad como autoridades comunitarias les permite diseñar o adoptar ciertos lineamientos de convivencia que favorezcan un entorno organizado. Sin embargo, en algunos barrios de Malabo no siempre se acata esta exigencia de gestión comunitaria, lo que hace que la música y las juergas interminables en las conocidas como “casa-bares”, constituyan un ambiente que pone de manifiesto la falta de consideración y de respeto hacia el vecindario.
Carmen Jesusa es profesora de un instituto público y vive en Buena Esperanza 1, uno de los barrios urbanizados de la ciudad. La mujer explica que su vecina tiene montado un bar desde hace ya dos meses, lo que le impide trabajar en la noche para preparar las clases o corregir los exámenes. “Me acerqué a mi vecina para decirla que me molestaba la música y pedirle que, si podía bajarla un poco; sin embargo, me respondió que cada uno tiene su casa y hace lo que quiere”, dice la mujer.
Al igual que Carmen Jesusa, Melania Siale, una joven de 25 años que vive en Alcaide y trabaja en un restaurante donde su horario laboral, que es de las 10:00 a las 21:00 horas, exige que se tome unas cuantas horas de descanso al llegar a casa. Sin embargo, Melania no puede disfrutar de ese privilegio, porque tiene cinco “casa-bares” al lado de su vivienda. «Es una tortura. ¿Qué puedes hacer? Te sientes impotente y la única opción que tienes es cambiar de casa y buscar un sitio un poco más tranquilo, que tampoco hay muchos”, lamenta la joven con tono de desesperación.
Algunos vecinos con esos negocios de “casa-bares” sostienen que la “necesidad” les lleva a establecer actividades comerciales dentro de sus casas, debido a que no pueden permitirse alquilar un espacio para abrir un bar. Gertrudis Nseng vive en Los Ángeles, en la zona de La Ronda, y vende hortalizas en la terraza de su casa; pero además de las hortalizas, también vende bebidas. Sus vecinos se han quejado varias veces por el ruido de la música; sin embargo, la mujer dice que no puede echar a sus clientes porque se quejan los vecinos. «Lo que suelo hacer es bajar la música, pero no puedo decirles a mis clientes que se vayan porque gracias a ellos pago la casa», comenta.
En las viviendas sociales de Vicatana, zona C, vive Pedro Esono con su pareja y un bebé de seis meses. El hombre denuncia que en su piso el vecino de arriba monta juergas casi todos los fines de semana, poniendo la música hasta las tantas de la madrugada, lo que les impide dormir tranquilos con el recién nacido. «La situación es insostenible. Mi mujer dice que cambiemos de casa. Creo que las autoridades deberían hacer algo con este problema social», manifiesta.
Los residentes en muchas comunidades de vecinos de Malabo señalan el funcionamiento de las estructuras administrativas de las mismas, las cuales consideran que deberían adoptar normativas que prohíban estas prácticas. Patricio Nguema vive en La Begoña 1 desde hace más de 5 años, y comenta que nunca ha visto en su puerta a un miembro de su comunidad que le hablara de las pautas de convivencia, tampoco convocan reuniones para tratar problemas comunitarios. «El único contacto que he tenido con un jefe de mi comunidad fue cuando solicité hacer un certificado de buena conducta», expresa.
Esta situación que, desafortunadamente conoce un ascenso en diferentes barrios de Malabo, supone un dilema para los vecinos, quienes tienen que optar entre su tranquilidad o las preferencias de sus vecinos, para una convivencia armoniosa, ya que algunos defienden el derecho a disfrutar del ruido en sus hogares, mientras los demás se ven atrapados en un cerco de incomodidad y frustración.
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