La Iglesia Ortodoxa nació en Oriente, específicamente en Jerusalén, conocida como la «madre de todas las iglesias». Desde allí, su influencia se ha extendido por todo el mundo, estableciendo una red de iglesias autocéfalas, como los patriarcados de Alejandría, Antioquía y Constantinopla. La Iglesia rusa, en particular, tiene la autoridad para canonizar santos, siempre en comunicación con otras iglesias hermanadas.
La separación formal entre la Iglesia católica y la ortodoxa ocurrió en 1054, un hito que consolidó la independencia de la Iglesia Ortodoxa respecto a Roma. A pesar de las diferencias culturales y teológicas, ambas ramas del cristianismo han coexistido, cada una siguiendo caminos propios.
La llegada del cristianismo a Rusia
La historia del cristianismo en la antigua Rus, o Rus de Kiev, comienza con la misión del apóstol san Andrés, quien, según el cronista Néstor, bendijo la futura ciudad de Kiev. En 988, el cristianismo fue adoptado como religión oficial, gracias a la labor de los santos hermanos Cirilo y Metodio, quienes crearon el primer alfabeto eslavo.
El bautizo de la princesa Olga de Kiev en 955 en Constantinopla marcó un hito importante. A pesar de que su hijo, Sviatoslav, continuó venerando a los dioses paganos, el camino para el cristianismo estaba abierto, y se comenzaron a construir templos en el principado de Kiev.
A partir del siglo X, Rusia se convirtió en una metrópoli del patriarcado de Constantinopla, construyendo majestuosos templos y desarrollando monasterios. Sin embargo, la invasión tártaro-mongola en 1240 devastó Kiev, lo que llevó a la decadencia de este centro cultural y político. En este contexto, la sede de la iglesia se trasladó a Vladimir y luego a Moscú, donde la Iglesia Ortodoxa comenzó a jugar un papel crucial en la unificación de los principados rusos.

Durante el periodo de dominación tártaro-mongola, la Iglesia gozó de privilegios que le permitieron mantener su influencia y estatus, contribuyendo a la cohesión social y política de la región.
Resurgimiento en la era moderna
Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, la Iglesia Ortodoxa experimentó un resurgimiento significativo. La nueva constitución rusa reconoció el «papel especial de la ortodoxia en la historia de Rusia», permitiendo la reconstrucción de muchas iglesias que habían sido destruidas o abandonadas. Este renacer espiritual ha reafirmado la importancia de la Iglesia en la vida cultural y social de Rusia.
Héctor concluía su charla resaltando cómo la historia de la Iglesia Ortodoxa rusa no solo es un relato de fe, sino también un testimonio de resistencia y adaptación a lo largo de los siglos, que sigue resonando en la identidad cultural de los pueblos eslavos y más allá.
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