_Este es un artículo de la comunidad cubana residente en la diáspora.
Hay fechas que se acumulan hasta convertirse en una sola herida abierta. Sesenta y cinco años de bloqueo no son una cifra para archivar en un informe: son generaciones enteras de cubanos que han nacido, crecido y envejecido bajo el peso de un cerco que nunca ha cesado, y que en 2026 ha alcanzado una crueldad que pocos hubieran anticipado. No escribo esto desde la distancia cómoda de quien observa un conflicto ajeno. Lo escribo porque lo que le ocurre hoy a Cuba es, en el fondo, es una advertencia para cualquier país pequeño que se atreva a sostener su propio camino frente a las potencias que deciden quién tiene derecho a existir en sus propios términos.

El 29 de enero, Washington firmó una orden que declaró a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria» y abrió la puerta a aranceles contra cualquier nación que se atreviera a venderle petróleo a la isla. El efecto fue inmediato: un cerco energético que ha dejado a millones de cubanos con apagones de hasta veinte y veinticinco horas diarias, sin electricidad para conservar alimentos, para tratar enfermos, para que un niño pueda estudiar de noche. El 1 de mayo llegó una segunda orden, ampliando las sanciones a funcionarios, empresas y bancos que se relacionen con la isla, extendiendo el castigo más allá de las fronteras cubanas hacia cualquier país, banco o empresa del mundo que ose mantener vínculos comerciales normales con Cuba. Cuarenta bancos extranjeros se han negado ya a operar con la isla, bloqueando alrededor de ciento cuarenta transferencias, muchas de ellas destinadas a comprar tecnología solar y eólica para paliar precisamente la crisis energética que el propio bloqueo provoca. Ciento setenta contenedores con productos esenciales, valorados en más de seis millones de dólares, permanecen varados sin poder llegar a quienes los esperan.

Las cifras de salud son las que más deberían interpelarnos. Según reportes oficiales cubanos presentados ante Naciones Unidas, la mortalidad infantil casi se ha duplicado en menos de una década, y la tasa de supervivencia de los niños con cáncer ha caído de un 85 a un 65 por ciento. Más de cien mil cubanos esperan una cirugía, doce mil de ellos niños. Estas no son estadísticas frías: son la prueba de que un bloqueo económico, cuando se aplica con esta intensidad, deja de ser una herramienta de política exterior y se convierte en un castigo colectivo contra una población entera. El propio Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha expresado preocupación por el deterioro de estos indicadores, y varios organismos de la ONU han advertido sobre el riesgo de una crisis humanitaria en la isla.
A esto se suma algo todavía más inquietante: la retórica militar. Buques del Comando Sur posicionándose en la región, vuelos de reconocimiento, declaraciones que hablan con una soltura preocupante de «opciones» frente a Cuba. No hace falta ser experto en relaciones internacionales para reconocer el patrón: primero la asfixia económica, después la fabricación del descontento social que esa misma asfixia provoca, y finalmente la amenaza de fuerza presentada como respuesta a un caos que se ayudó a crear. Es una secuencia que cualquier pueblo del Sur Global debería aprender a identificar, porque no es exclusiva de Cuba ni terminará en Cuba si se le permite avanzar sin que el mundo alce la voz.

Y, sin embargo, conviene decirlo con la misma honestidad: Cuba no se ha quebrado. No hay en su pueblo un ánimo derrotista, tampoco un triunfalismo vacío; hay una resistencia sostenida, la misma que ha acompañado a la isla en sus momentos más difíciles.
Quienes suscribimos esta reflexión, ciudadanos cubanos residentes en la diáspora, conocemos de cerca esa realidad y observamos con preocupación las dificultades que atraviesa nuestro país de origen. Al mismo tiempo, reconocemos que los vínculos humanos y de cooperación construidos durante décadas entre Cuba y numerosos países africanos, forman parte de una historia compartida que merece ser recordada. La labor de médicos, maestros y otros profesionales cubanos ha dejado una huella significativa en muchas comunidades y constituye un motivo de orgullo para quienes creemos en la solidaridad entre los pueblos.
Por ello, nuestra defensa de Cuba nace de la memoria, del afecto y del reconocimiento a esas relaciones históricas. No hablamos en nombre de ningún gobierno ni de ninguna institución estatal; expresamos, simplemente, una opinión ciudadana basada en la experiencia, la gratitud y los lazos que unen a muchas comunidades.

Pedir solidaridad con Cuba no es pedir confrontación con nadie. Es pedir que se respete el derecho de un pueblo a afrontar sus desafíos sin medidas que agraven las dificultades cotidianas de su población. Es también una invitación a que la comunidad internacional no permanezca indiferente ante el sufrimiento de millones de personas.
Lo que ocurre hoy en Cuba trasciende las diferencias políticas y nos interpela desde una perspectiva humana. Por eso consideramos importante alzar nuestra voz, no para alimentar conflictos ni divisiones, sino para defender un principio sencillo: que el bienestar de un pueblo nunca debería convertirse en un instrumento de presión política. Desde esa convicción, y como cubanos residentes en la diáspora, reiteramos nuestro llamado a la solidaridad, al diálogo y al respeto por la dignidad de todos los pueblos.










